sábado, 26 de julio de 2014

Stand by me...






Te propongo una cosa… Ves ese enlace que hay justo encima de esta frase? Pínchalo antes de seguir leyendo, deja que suene mientras minimizas esa pantalla y te vuelves a esta, te parece?
Bien, hola de nuevo, ahora voy a intentar llevarte de la mano por un lugar. Imagina que vas en una camioneta sentado junto a la ventana con la cabeza asomando de cuando en cuando mientras el aire te da de frente y te revuelve el pelo y te pega los mechones contra la cara por la cantidad de humedad que lleva dentro. Imagina un camino de tierra roja, no llega a ser barro pero se le acerca bastante y todo lo que ves a partir de la improvisada carretera es verde. Muy muy verde. Imagina un paisaje lleno de árboles tan altos que tienes que levantar la mirada todo lo que te deja el cuello para ver el final de su copa, imagina lianas enredadas que destrepan hasta el suelo, imagina el olor que deja la lluvia sobre la tierra roja cuando se marcha… conoces el olor que deja la lluvia sobre la tierra roja cuando se marcha? Pues multiplícalo por diez. Entre un bache y otro más meneas la cabeza al son del vaivén de la furgoneta mientras miras a todos lados porque no quieres perder nada, ni un microcentímetro de lo que estás viendo, ni una sola tonalidad, ni una sola forma… mientras oyes esta melodía dentro del coche. 
No sabes por qué pero automáticamente aparecen en tu cabeza todas esas personas con las que sabes que puedes contar. Ves su cara, recuerdas sus voces que traen cosidos momentos de los que sabes que jamás olvidarás. Y sonríes de medio lado porque sabes a ciencia cierta que tienes con quién contar y deseas que desde donde estás les llegue una briznita de aire que lleve tu recuerdo para que no olvide  él o ella que también podrá siempre contar contigo…
Hoy ha sido un día de reencuentros. El año pasado cuando visité el pequeñísimo poblado de Ebogó soñé con volver de nuevo al que, hoy vuelvo a reiterar, es mi sitio bonito preferido del mundo (por lo menos del mundo que yo conozco!) Y no me defraudó. Una vez más disfruté de su silencio después de haberlo llenado de nuestras palabras, una vez más deseé que nunca nada ni nadie lo altere ni lo cambie, que jamás desaparezcan sus pájaros ni sus colores, ni siquiera sus hormigas gigantes que te dan un muerdo y te dejan sin un trozo! Hoy volví a llenarme de esa paz diferente y especial que sólo algunos tenemos la suerte de encontrar en algún remoto lugar alguna remota vez en la vida. Y volví a respirar un poquito más de felicidad.
Con la botella esa que debemos tener en el alma y que recargamos con momentos preciosos casi a rebosar nos volvimos a casa pero antes de llegar pedí por favor si podíamos pasar por el orfanato de la Hermana María, el año pasado te hablé de ella; quería ir a saludarla y a dejarle una cosita importante que venía enviada de parte de muchas personas con un corazón muy grande. Allí seguía también la pequeña casita desgajada. Como si el tiempo no hubiese pasado. Los niños también. Iguales. A penas noté que hubiese pasado este año por ellos… Y eso me partió el corazón. Y salió la buena mujer. Por ella sí que ha pasado el año multiplicado por diez. La vi ajada, aunque su cara seguía teniendo el resplandor de una piel preciosa de ébano liso y fuerte, el mismo resplandor que le recuerdo de hace un año. Y su voz… Tiene una voz ronca pero serena, de esas voces que no te importaría escuchar para siempre. No tuve mucho tiempo así que sólo la saludé, la abracé una y mil veces, nos agarramos de las manos con fuerza mientras hablamos. Fueron cinco minutos, no había más, pero me despedí de ella -después de darnos las gracias mutuamente más de diez veces- con los ojos apretados de emoción.  Antes de subirme al coche le agarré la barbilla como cuando se la agarras a un niño pequeño en señal de ternura y es que jamás podré encontrar ni una ni mil palabras que me ayuden a expresar aunque sea una parte chiquita de la ternura y el arrojo y la valentía que esa mujer me transmite cada vez que la he visto! Madre mía! Qué cosa más grande! El trozo de camino que quedaba de vuelta a casa no pude apartar de mi cabeza la palabra “gracias!” 
Una vez más gracias a la vida por tener tanto y por vivirlo tanto, gracias a la vida porque exista gente como María que dan tanto y tienen tanto amor desinteresado y tanto coraje, gracias a mis pequeñas, a mi adolescente y a mi amor por hacerme sentir pilar de una familia tan increíblemente maravillosa y gracias a todas esas personas que me vinieron al alma al principio del camino cuando las recordé mientras olía el olor que deja la lluvia sobre la tierra roja cuando se marcha. Por supuesto, por supuestísimo, igual que María, igual que este continente entero, igual tú sabes… que puedes contar conmigo.




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