Pues mira, te lo voy a decir casi que literalmente… A las
seis y media suena el despertador porque a las siete desayunamos, así que tardo
veintinueve minutos en reconciliarme con el mundo una mañana más, abrir un ojo,
luego otro, luego los dos. Y justo un minuto en lavarme la cara
y arrastrarme hasta el comedor. Algún ser amable de los que aquí habita de
continuo se ha levantado mucho antes y ha querido cortar unas rebanadas de pan,
así que sobre una mesa larga pegada a una pared gris se extiende un muestrario
que va desde la margarina medio derretida, alguna mermelada, una crema de
chocolate líquida y algún día un plato de tortilla francesa. Este año hemos
incluido (y no sabes cómo me alegro) una botellita pequeña de aceite de oliva
italiano. Al lado están amontonadas una lata de café soluble, otra de leche en
polvo instantánea, unos azucarillos y una cajita de té. Hacemos una fila que
avanza a duras penas parándose en cada sección para pertrecharse de un
desayuno más o menos contundente. Aquí hay tres comidas al día así que más vale
empezar el día con fuerza. El pan suele estar chiclosillo porque se compra sólo
una vez a la semana, entonces lo disfrazas con lo que te apetezca cada día y
disfrutas del tazón de leche hirviendo.
Tenemos sólo media hora antes de empezar a currar, apuras la cepillada de dientes, te vuelves a lavar la cara porque aún queda
sueño encima y te pones la ropa de faena. De ocho a doce trabajamos, paramos
para comer y nos incorporamos de nuevo a las dos y media hasta las cuatro y
media. Como te toque fregar ese día no te da tiempo ni a respirar entre una
cosa y la otra porque teniendo en cuenta que aquí somos más o menos veinte
personas al día, más los agregados que aparecen siempre a la hora de comer, así
que imagínate… Además todo lo hacemos “a la camerunesa” es decir, primero
enjabonas (con jabón lagarto) y metes en un balde de agua, luego pasas a otro
balde en el que aclaras. Y debes aprovechar los dos baldes para toda la loza
porque aquí ya sabes que el agua es un bien muy muy preciado.
Cuando acabamos a las cuatro y media/cinco los chicos suelen
ir a jugar al fútbol un rato largo y los que nos quedamos por aquí aprovechamos
para darnos una ducha con la que llevas soñando desde primera hora de la mañana, a leer, a dar un paseo, a hacer fotos o a sentarme aquí
a fumarme un piti mientras escribo un ratito para ti. A las siete nos ponemos
en marcha de nuevo, preparamos para el momento de la cena que es a las siete y
media y vuelta a fregar millón y medio de cacharrería. Me encanta el ratito de
después cuando nos hacemos un té y nos sentamos en una alfombra estirada en el
porche y pasamos el par de horas antes de irnos a la cama charlando y arreglando
el mundo. Algunas tardes en lugar de quedarnos aquí pillamos un mototaxi y nos
vamos a un bar del centro a echarnos una cervecita, o más bien cervezota porque no te las sirven más pequeñas que de un litro. Los fines de semana toca
limpieza de la casa y lavada de ropa a mano. Luego aprovechamos para salir a dar
un paseo por algún sitio más lejos y conocer un poquito esos rincones que tiene
esta parte del país y que te quitan el hipo en cuanto los descubres.
La verdad es que el día a día es bastante monótono pero aún
así no te aburres. Siempre hay algo que hacer; algo que contar.
Me gusta hacer esta cooperación con alumnos. Es tan
diferente a las otras… Formas de hacer cooperación hay muchas, cientos! Y de
las que he probado yo he de decir que por esta siento un cariño muy grande.
Este año, además, viajo con algunos de los que fueron mis alumnos cuando aún estaban
en primaria –y ya entonces moría de amor por ellos!-, así que la parte afectiva
suma puntos. Me gusta mucho de mi colegio cómo trabaja los valores en la
educación de los chicos por eso cuando me propusieron hace un par de años
empezar a llevar palante este tinglado no me lo pensé ni medio segundo.
Imagina; gente súper válida, a punto de empezar la universidad, con esa nueva
etapa que se abre frente a ellos en sus vidas y teniendo la oportunidad de
venir y vivir un mes en las mismas condiciones que viven nuestros colegas
de aquí (condiciones muy respetables y dignas, que quede clarito!), de trabajar
a lomo partido lo que probablemente no haya trabajado ninguno de ellos hasta
ahora, comer lo que haya sin poder elegir, vivir con lo que tienes que es casi
nada, aprender a respetar y a convivir con las diferentes (y tan diferentes!!)
formas de vida que existen en este mundo tan bonito que tenemos la suerte de
vivir… Por dios! Si a alguien no le parece que esta oportunidad es preciosa… Y
a mí como educadora, como cotilla de las emociones humanas, como novelera, como
quieras llamarlo… a mí esto no se me puede escapar. Es un aprendizaje continuo,
día a día, de mí misma, de los chicos, de nuestros primos africanos… Es brutal!
Luego, claro, está la parte (que no me olvido ni un segundo
de esa parte) en la que uno se pregunta si de verdad hace falta que
nosotros vengamos… Esa me come mucho la cabeza y me daría para cuatro blogs
porque es algo que siempre estoy rumiando y que siempre me plantea dudas y
respuestas nuevas. Yo no sé si “hace falta” o no. Realmente si no somos
nosotros serían otros pero algo parecido ocurriría. Cuando venimos a un proyecto
así la ong para la que trabajamos (Proyde) -que cuida como pocas he visto de
los proyectos de desarrollo en educación en países en vías de desarrollo- envía
partidas presupuestarias que se invierten en mejorar la calidad de la educación
allá donde recala el proyecto. Algún día os enseñaré cómo trabaja esta gente porque es para
quitarse el sombrero. Esto que hacemos aquí es un grano de arroz mínimo dentro
de toda la magnitud de lo que trabajan por ahí.
En definitiva, en Camerún la mano de obra diaria básica (la
nuestra es básica menos dieciocho pero uno hace lo que puede) se cotiza a unos
2000 CFAS diarios (unos 3 €) y es un salario real, del que comen familias, así
que teniendo en cuenta que somos nueve y que trabajamos siete horas al día…
echa cuentas! Más allá del dinero que puedan ahorrarse ellos valoran el empuje
que les damos a hacer las cosas. Y es que en el fondo es así de simple. Si
nadie viene a hacerlo con ellos, pues no se hace! Y no pasa nada. Para ellos la
vida sigue. Pero si tienen la oportunidad de hacerlo pues lo hacen. Y la vida
sigue también. Estos días los comentarios mientras trabajamos son casi siempre
de desesperación… Llevamos una semana lijando puertas, ventanas, paredes y
techos (los techos están cubiertos de chapa y sí, la chapa aquí se lija) y
claro, uno piensa… y esto no era mejor haberlo lijado cuando se puso por
primera vez? Pues sería lo lógico… allí. Aquí no. Aquí se coloca y luego, si
algún día viene alguien y te ayuda, o por lo menos, te anima, entonces reparas
lo que a veces es irreparable (imagina la humedad acumulada en esas chapas de
estaciones húmedas y estaciones secas una detrás de otra…) Entonces, como te
cuento, ahora te ves haciendo algo que aunque para ti sea absurdo para
otros muchos es necesario. No pretendo que lo entiendas, soy consciente de que
cuesta, a mí misma me costó mucho llegar a entenderlo, pero cuando lo haces te
sientes inmensamente afortunado por poder participar de este cacho de la vida,
por poder crecer un poco más en un lugar tan diferente, por valorar tantísimo
lo que tienes en tu día a día cuando lo miras desde aquí; no porque sea mejor o
más bonito, simplemente por lo feliz que te hace. Y entonces sigues lijando.
Recuerdo una conversación con uno de los chicos cameruneses
el año pasado, bajo la techada del porche mientras se hacía de noche, en la que
me preguntó enfadado y dolido “Ana! Por qué África siempre tiene que ir a la
cola del mundo??? Por qué no podemos superarnos y crecer como ha hecho China???”
Estaba realmente indignado. Yo sólo le pude decir que África no es ni será
nunca China. Que hace veinte años estaban aún más a la cola que ahora. Que ya
no hay mortandad infantil masiva, que ya las mujeres copan las aulas
universitarias, que África no da pasos de gigante… porque le gusta mucho parar
a mitad de cada paso y hablar y bailar y cocinar y vivir con lo que tiene en ese
momento. África lleva una cadencia distinta. Yo no sé si algún día apretará el
paso. No voy a entrar ahora en ese debate. Otro día. Mientras tanto sé que
cada vez que alguien en este continente necesite una mano para ayudar a
levantar alguien del otro lado la tenderá gustoso. Y la vida seguirá adelante.
Aún quedan muchos techos de chapa por lijar. Demasiados quizás…


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