Cada día, entre septiembre y junio, cuando suena mi
despertador a las seis y media de la mañana se enciende un piloto rojo en mi
cabeza que no para hasta que vuelvo a caer en la cama allá como a las once y
media de ese mismo día. Empieza un corre corre que hace que las semanas pasen
demasiado rápidas, que entre un día y otro día no pueda darme el gustazo de
sentarme a charlar, a leer, a observar simplemente. Alguno de esos
días, un ratito antes de caer con las energías bajo mínimos en la cama de repente
recuerdo algo que no hice; una llamada, una compra, un recado, cualquier cosa
de esas que te dejan el regustito amargo al final del día porque encima te
sientes hasta mal de no haber dado para más. En el trabajo cumples un horario a
rajatabla, para las comidas también, hasta para las visitas o los encuentros de
regalo con una amiga y un café están todo el rato supeditados al maldito reloj…
Pero si es que la mayoría de los días no me sobran ni diez minutillos pa
ponerme la dichosa mascarilla y conseguir que mis pelos, por una santa vez, no
parezcan una cotufa rescaldada!!!
Y cuando tienes la oportunidad de mirar todo eso desde aquí,
desde donde estoy ahora sentada, resulta que lo ves como las películas antiguas
de cine mudo que van a mil revoluciones, sin sonido y con esa musiquita
machacona que consigue meterte el julandrillo dentro de la cabeza y acelerar
aún más si cabe cada uno de tus pasos. Y lo extraño ocurre cuando desde aquí,
desde donde estoy ahora sentada, ves que más de la mitad de esas prisas carecen
de sentido. El mundo no se va a parar porque no ponga hoy una lavadora y la
ponga mañana, o porque no vaya al súper y mañana no haya postre, o porque mi
coche esté “comíomierda” y siga sin lavarlo una semana más. No pasa
absolutamente nada. Nada.
El otro día venía en el coche de un paseo que fuimos a dar a
la reserva natural donde rescatan a los monos que son presa de los furtivos o a
los que están enfermos y los curan y reinsertan, el año pasado ya te hablé de
este sitio, Ekali, se llama. Me chifla pasear por allí, es un bosque espeso, de
un sinfín de tonalidades de verde que te trapa por donde vas paseando y los
animalitos están integrados en toda la espesura en lugares vallados pero
respetando el trozo de naturaleza donde se enclava… es un sitio maravilloso de
verdad, sólo oyes el zum zum de algún insecto, las charlas alocadas entre
chimpancés o el retumbar de las carreras de los gorilas cuando juegan entre
ellos. De repente encuentras árboles de cacao con el fruto empezando a madurar,
algún que otro baobab gigante y un árbol del que nunca recuerdo el nombre pero
que los vecinos de esta tierra aprecian mucho ya que con su corteza hervida
obtienen un brebaje que dicen que es fantástico para paliar los síntomas del
paludismo cuando, al menos una vez al año con mucha suerte, les cae encima de
nuevo. Bueno, que me enralo y me pierdo, pues el otro día cuando volvía de ese
pequeño paraíso hacia casa, en el coche, asomé la cabeza por la ventanilla y
como siempre me embelesé con cada cosa nimia que encontraba por delante.
Es fácil imaginarte mil y una historias cuando todo lo que ves estimula cada uno de tus sentidos. La gente suele sentarse a las puertas de las casas, en las entradas cubiertas de tierra roja, apoyando los brazos en algún banquito destartalado de madera o simplemente alargando las piernas una encima de otra apoyados contra el adobe maltrecho de la casa. Los chiquitos casi siempre trastean en los patios, algún balón medio raído, algún coche hecho con palos de fregar y trozos de latón, o sólo el resto de los amiguitos o hermanos o vecinos son suficientes para pasar el día entero en ese cuadradito de tierra.
Muchas
veces las niñas más grandes trenzan a las más chiquitas, siempre hay alguna
doña barriendo sobre la tierra (¿?) completamente agachada con una de esas escobas
típicas de por aquí que en realidad son un manojo de paja amarrado con un
cordelito. No hay prisa. Casi nunca. Es raro, muy raro, ver a alguien correr,
se camina despacio, contoneando al bebé atado a la espalda, o al barreño lleno
de chismes sobre la cabeza; a veces sólo se contonea el alma porque poco más se
puede cargar encima. En uno de mis cuelgues mientras miraba a todo y a nada a
la vez pasó por delante una imagen que me chocó, como fuera del contexto de
colores marrones, rojizos, amarillos y azules. Volví la cabeza rápido. Era una
chica muy joven. Africana. Albina. Llevaba un postizo de tirabuzones rubios y
toda ella resplandecía. Me dio tiempo a verla bien. Son curiosos los africanos
albinos. Es la mezcla en esencia. Facciones negras en una piel pálida, casi
transparente. Recuerdo que una vez en Senegal me comentaron que, depende de en
qué sitio, los albinos no eran aceptados por sus comunidades, fundamentalmente
por temas de religiones, de maldiciones y de supersticiones. En Camerún eso no
ocurre. Me gusta mucho de este pueblo que acepta a todo el mundo tal y como es…
o por lo menos de eso presumen siempre.
Es fácil imaginarte mil y una historias cuando todo lo que ves estimula cada uno de tus sentidos. La gente suele sentarse a las puertas de las casas, en las entradas cubiertas de tierra roja, apoyando los brazos en algún banquito destartalado de madera o simplemente alargando las piernas una encima de otra apoyados contra el adobe maltrecho de la casa. Los chiquitos casi siempre trastean en los patios, algún balón medio raído, algún coche hecho con palos de fregar y trozos de latón, o sólo el resto de los amiguitos o hermanos o vecinos son suficientes para pasar el día entero en ese cuadradito de tierra.
Muchas
veces las niñas más grandes trenzan a las más chiquitas, siempre hay alguna
doña barriendo sobre la tierra (¿?) completamente agachada con una de esas escobas
típicas de por aquí que en realidad son un manojo de paja amarrado con un
cordelito. No hay prisa. Casi nunca. Es raro, muy raro, ver a alguien correr,
se camina despacio, contoneando al bebé atado a la espalda, o al barreño lleno
de chismes sobre la cabeza; a veces sólo se contonea el alma porque poco más se
puede cargar encima. En uno de mis cuelgues mientras miraba a todo y a nada a
la vez pasó por delante una imagen que me chocó, como fuera del contexto de
colores marrones, rojizos, amarillos y azules. Volví la cabeza rápido. Era una
chica muy joven. Africana. Albina. Llevaba un postizo de tirabuzones rubios y
toda ella resplandecía. Me dio tiempo a verla bien. Son curiosos los africanos
albinos. Es la mezcla en esencia. Facciones negras en una piel pálida, casi
transparente. Recuerdo que una vez en Senegal me comentaron que, depende de en
qué sitio, los albinos no eran aceptados por sus comunidades, fundamentalmente
por temas de religiones, de maldiciones y de supersticiones. En Camerún eso no
ocurre. Me gusta mucho de este pueblo que acepta a todo el mundo tal y como es…
o por lo menos de eso presumen siempre.
La chica albina me hizo un clic en la cabeza. De repente
imaginé que todo lo que conozco bien fuese justo al revés. Que nosotros, los
blancos de Tenerife, mis amigos, mi familia, mis compañeros, no viviésemos allá
sino acá y que los negros que veo cada día por aquí fuesen los que ocuparan el
otro lugar de enfrente. Así es como imaginé que quizás yo sí que sería maestra
en alguna escuelilla hecha de adobe, sin ventanas ni mesas pero con un encerado
gastado de tanta tiza, marido también seguiría siendo el médico bonachón que es
en cualquier hospital de por aquí, pero sin correr por los pasillos del
hospital como hace normalmente y sirviéndose de un estetoscopio como única
herramienta de trabajo… bueno, del esteto y de la intuición que la tendría aún
más desarrollada si es que eso puede llegar a ser posible!!! Pensé en Paula y
en Lucía que, por supuesto, irían a la escuela pero desde luego no estarían
inmersas un día tras otro en su liga de baloncesto, así es que probablemente
dedicarían sus tardes a trenzarse una a la otra o a canturrear y brincar por
los caminos terrosos del barrio. Me imaginé a mi amiga Marta y en lugar de
verla en su mesa de Hacienda volviéndose loca con los números la visualicé
apuntando los productos que los clientes compran en el súper del barrio para
hacerles la factura a mano. Pensé en mi Cris que, por supuesto, sería la súper
enfermera del pueblo, sólo que no en su apasionante unidad de cardio, sino
probablemente, se limitase a recibir a los pacientes con una pachorra infinita
a la entrada de cualquier dispensario y les acompañaría arrastrando las cholas
polvorientas hasta la puerta de la consulta de turno. Pensé en Vero, periodista
culoinquieto, y me costó cuadrarla en este dibujo… Aunque enseguida la imaginé
encabezando algún grupo de mujeres de las que se reúnen una vez a la semana
para poner orden en los temas de la comunidad y sacar partido a los recursos de
los que disponen. Y por supuesto imaginé a mi hermano Fran en las
reuniones semanales de algún partido político, poniendo las cosas en su sitio,
luchando por los derechos y las obligaciones de quien tiene una tierra fértil y
productiva entre las manos y a él he de decir que no me costó tanto meterlo en
mi escenario imaginario.
En fin… pensé en muchos y en muchas de ustedes, la lista
sería demasiado larga. Y se me hizo raro. Muy muy raro. Nada de lo que hacemos
en nuestro día a día en casa, nada de lo que mueve esa pila infernal que te
colocas por la mañana y se apaga desgastada por la noche, nada de eso aquí
tendría sentido. Tampoco pude imaginar las vidas de los que aquí arrastran los
pies por los caminos sin ninguna prisa en los bolsillos, de los que te hablan
como dejando que las palabras caigan solas de sus labios, porque todo lo que
tienen y más aún es justamente tiempo. No, no los imaginé corriendo tras un
reloj, cumpliendo plazos de entrega oficiosos y oficiales, peleando por quién
llegó el último a la cola de la carnicería ni haciendo cola en el Primark
porque empezaron las rebajas… Por mucho que lo intente no consigo verlo. Ninguna
de las dos cosas. Graisadios!
El mundo es mundo. De todo hay y de todo debe haber. Me
gusta poder venirme a esta parte y vivirla también porque te mimetizas y
entonces también tú arrastras un poquito los pies y las sílabas y si llegas
bien y si no llegas no pasa nada. Y te quedas como una boba mirando cómo
cambian los colores del cielo al atardecer y sigues con la misma cara de boba
cuando, con toda la cara del mundo, alguien viene a pedirte algo (dinero la
mayoría de las veces y matrimonio algunas otras!!) sólo porque eres blanca. El
mundo es mundo. De todo hay y de todo debe haber. Me gusta; me gusta mucho,
muchísimo! Me entusiasma y me da vida. Pero también he de reconocer que me
quedo con mi parte loca del mundo. Aquella que me hace chancletear como una
cabra de lunes a viernes, correr escaleras y pasillos cada día cargada de
cachivaches, volar para preparar cenas de a cinco, mirar con cara de asesina a
la doña que se me cuela en el hiperdino y pintarme las uñas en los semáforos en
rojo que pillo de la esperanza a la salle. Me gusta porque luego llega el fin
de semana y me repliego. Y me abandono al disfrute de mi familia, de mis
amigos, de mis perros y de mis gallinas. Y de cuando en cuando… me quedo como
una boba mirando cómo cambian los colores del cielo al atardecer.
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