lunes, 21 de julio de 2014

Black or white...


Cada día, entre septiembre y junio, cuando suena mi despertador a las seis y media de la mañana se enciende un piloto rojo en mi cabeza que no para hasta que vuelvo a caer en la cama allá como a las once y media de ese mismo día. Empieza un corre corre que hace que las semanas pasen demasiado rápidas, que entre un día y otro día no pueda darme el gustazo de sentarme a charlar, a leer, a observar simplemente. Alguno de esos días, un ratito antes de caer con las energías bajo mínimos en la cama de repente recuerdo algo que no hice; una llamada, una compra, un recado, cualquier cosa de esas que te dejan el regustito amargo al final del día porque encima te sientes hasta mal de no haber dado para más. En el trabajo cumples un horario a rajatabla, para las comidas también, hasta para las visitas o los encuentros de regalo con una amiga y un café están todo el rato supeditados al maldito reloj… Pero si es que la mayoría de los días no me sobran ni diez minutillos pa ponerme la dichosa mascarilla y conseguir que mis pelos, por una santa vez, no parezcan una cotufa rescaldada!!!
Y cuando tienes la oportunidad de mirar todo eso desde aquí, desde donde estoy ahora sentada, resulta que lo ves como las películas antiguas de cine mudo que van a mil revoluciones, sin sonido y con esa musiquita machacona que consigue meterte el julandrillo dentro de la cabeza y acelerar aún más si cabe cada uno de tus pasos. Y lo extraño ocurre cuando desde aquí, desde donde estoy ahora sentada, ves que más de la mitad de esas prisas carecen de sentido. El mundo no se va a parar porque no ponga hoy una lavadora y la ponga mañana, o porque no vaya al súper y mañana no haya postre, o porque mi coche esté “comíomierda” y siga sin lavarlo una semana más. No pasa absolutamente nada. Nada.
El otro día venía en el coche de un paseo que fuimos a dar a la reserva natural donde rescatan a los monos que son presa de los furtivos o a los que están enfermos y los curan y reinsertan, el año pasado ya te hablé de este sitio, Ekali, se llama. Me chifla pasear por allí, es un bosque espeso, de un sinfín de tonalidades de verde que te trapa por donde vas paseando y los animalitos están integrados en toda la espesura en lugares vallados pero respetando el trozo de naturaleza donde se enclava… es un sitio maravilloso de verdad, sólo oyes el zum zum de algún insecto, las charlas alocadas entre chimpancés o el retumbar de las carreras de los gorilas cuando juegan entre ellos. De repente encuentras árboles de cacao con el fruto empezando a madurar, algún que otro baobab gigante y un árbol del que nunca recuerdo el nombre pero que los vecinos de esta tierra aprecian mucho ya que con su corteza hervida obtienen un brebaje que dicen que es fantástico para paliar los síntomas del paludismo cuando, al menos una vez al año con mucha suerte, les cae encima de nuevo. Bueno, que me enralo y me pierdo, pues el otro día cuando volvía de ese pequeño paraíso hacia casa, en el coche, asomé la cabeza por la ventanilla y como siempre me embelesé con cada cosa nimia que encontraba por delante. 
Es fácil imaginarte mil y una historias cuando todo lo que ves estimula cada uno de tus sentidos. La gente suele sentarse a las puertas de las casas, en las entradas cubiertas de tierra roja, apoyando los brazos en algún banquito destartalado de madera o simplemente alargando las piernas una encima de otra apoyados contra el adobe maltrecho de la casa. Los chiquitos casi siempre trastean en los patios, algún balón medio raído, algún coche hecho con palos de fregar y trozos de latón, o sólo el resto de los amiguitos o hermanos o vecinos son suficientes para pasar el día entero en ese cuadradito de tierra. 
Muchas veces las niñas más grandes trenzan a las más chiquitas, siempre hay alguna doña barriendo sobre la tierra (¿?) completamente agachada con una de esas escobas típicas de por aquí que en realidad son un manojo de paja amarrado con un cordelito. No hay prisa. Casi nunca. Es raro, muy raro, ver a alguien correr, se camina despacio, contoneando al bebé atado a la espalda, o al barreño lleno de chismes sobre la cabeza; a veces sólo se contonea el alma porque poco más se puede cargar encima. En uno de mis cuelgues mientras miraba a todo y a nada a la vez pasó por delante una imagen que me chocó, como fuera del contexto de colores marrones, rojizos, amarillos y azules. Volví la cabeza rápido. Era una chica muy joven. Africana. Albina. Llevaba un postizo de tirabuzones rubios y toda ella resplandecía. Me dio tiempo a verla bien. Son curiosos los africanos albinos. Es la mezcla en esencia. Facciones negras en una piel pálida, casi transparente. Recuerdo que una vez en Senegal me comentaron que, depende de en qué sitio, los albinos no eran aceptados por sus comunidades, fundamentalmente por temas de religiones, de maldiciones y de supersticiones. En Camerún eso no ocurre. Me gusta mucho de este pueblo que acepta a todo el mundo tal y como es… o por lo menos de eso presumen siempre.
La chica albina me hizo un clic en la cabeza. De repente imaginé que todo lo que conozco bien fuese justo al revés. Que nosotros, los blancos de Tenerife, mis amigos, mi familia, mis compañeros, no viviésemos allá sino acá y que los negros que veo cada día por aquí fuesen los que ocuparan el otro lugar de enfrente. Así es como imaginé que quizás yo sí que sería maestra en alguna escuelilla hecha de adobe, sin ventanas ni mesas pero con un encerado gastado de tanta tiza, marido también seguiría siendo el médico bonachón que es en cualquier hospital de por aquí, pero sin correr por los pasillos del hospital como hace normalmente y sirviéndose de un estetoscopio como única herramienta de trabajo… bueno, del esteto y de la intuición que la tendría aún más desarrollada si es que eso puede llegar a ser posible!!! Pensé en Paula y en Lucía que, por supuesto, irían a la escuela pero desde luego no estarían inmersas un día tras otro en su liga de baloncesto, así es que probablemente dedicarían sus tardes a trenzarse una a la otra o a canturrear y brincar por los caminos terrosos del barrio. Me imaginé a mi amiga Marta y en lugar de verla en su mesa de Hacienda volviéndose loca con los números la visualicé apuntando los productos que los clientes compran en el súper del barrio para hacerles la factura a mano. Pensé en mi Cris que, por supuesto, sería la súper enfermera del pueblo, sólo que no en su apasionante unidad de cardio, sino probablemente, se limitase a recibir a los pacientes con una pachorra infinita a la entrada de cualquier dispensario y les acompañaría arrastrando las cholas polvorientas hasta la puerta de la consulta de turno. Pensé en Vero, periodista culoinquieto, y me costó cuadrarla en este dibujo… Aunque enseguida la imaginé encabezando algún grupo de mujeres de las que se reúnen una vez a la semana para poner orden en los temas de la comunidad y sacar partido a los recursos de los que disponen. Y por supuesto imaginé a mi hermano Fran en las reuniones semanales de algún partido político, poniendo las cosas en su sitio, luchando por los derechos y las obligaciones de quien tiene una tierra fértil y productiva entre las manos y a él he de decir que no me costó tanto meterlo en mi escenario imaginario.
En fin… pensé en muchos y en muchas de ustedes, la lista sería demasiado larga. Y se me hizo raro. Muy muy raro. Nada de lo que hacemos en nuestro día a día en casa, nada de lo que mueve esa pila infernal que te colocas por la mañana y se apaga desgastada por la noche, nada de eso aquí tendría sentido. Tampoco pude imaginar las vidas de los que aquí arrastran los pies por los caminos sin ninguna prisa en los bolsillos, de los que te hablan como dejando que las palabras caigan solas de sus labios, porque todo lo que tienen y más aún es justamente tiempo. No, no los imaginé corriendo tras un reloj, cumpliendo plazos de entrega oficiosos y oficiales, peleando por quién llegó el último a la cola de la carnicería ni haciendo cola en el Primark porque empezaron las rebajas… Por mucho que lo intente no consigo verlo. Ninguna de las dos cosas. Graisadios!
El mundo es mundo. De todo hay y de todo debe haber. Me gusta poder venirme a esta parte y vivirla también porque te mimetizas y entonces también tú arrastras un poquito los pies y las sílabas y si llegas bien y si no llegas no pasa nada. Y te quedas como una boba mirando cómo cambian los colores del cielo al atardecer y sigues con la misma cara de boba cuando, con toda la cara del mundo, alguien viene a pedirte algo (dinero la mayoría de las veces y matrimonio algunas otras!!) sólo porque eres blanca. El mundo es mundo. De todo hay y de todo debe haber. Me gusta; me gusta mucho, muchísimo! Me entusiasma y me da vida. Pero también he de reconocer que me quedo con mi parte loca del mundo. Aquella que me hace chancletear como una cabra de lunes a viernes, correr escaleras y pasillos cada día cargada de cachivaches, volar para preparar cenas de a cinco, mirar con cara de asesina a la doña que se me cuela en el hiperdino y pintarme las uñas en los semáforos en rojo que pillo de la esperanza a la salle. Me gusta porque luego llega el fin de semana y me repliego. Y me abandono al disfrute de mi familia, de mis amigos, de mis perros y de mis gallinas. Y de cuando en cuando… me quedo como una boba mirando cómo cambian los colores del cielo al atardecer.






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